Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Garage D’Or

Trazando sueños cotidianos

24/01/2014 • 
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Uniendo estrellas en el cielo, un viejo dibujante busca las líneas que reflejen la realidad, una realidad cotidiana, de todos los días. Trazos de vidas anodinas que se proyecten hacia otros mundos, hacia lugares de escape para la imaginación y el deseo. Hacer el viaje siempre soñado, aunque sea con lo mínimo, con el poco margen que deja la vida real, dejar abierta la puerta más lejana e improbable… para que los anhelos sigan teniendo un lugar al que mirar.

Así se lanza Garage D’Or hacia el espectador, el último espectáculo de la compañía internacional Familie Flöz. Reelaborado en 2012 tras su estreno en 2010, plantea las historias paralelas de tres hombres de clase media superados por la monotonía y exigencia de sus vidas, intentando no resignarse y seguir persiguiendo sus deseos más personales. Para ello, los cinco intérpretes y creadores –junto al director Michael Vogel- se sirven de su habitual poética escénica, centrada en su forma de abordar el teatro de máscara. Un lenguaje que han hecho suyo gracias a una estética característica y reconocible, en la que el diseño de las máscaras y el ritmo de actuación, comicidad y ternura han llegado a alcanzar una coherencia total.

De hecho, el mayor placer ante un espectáculo como éste se encuentra, sin duda, en el disfrute de la calidad técnica de elenco que manifiestan las escenas de Garage D’Or. El dominio de la expresividad del movimiento, la versatilidad de cada máscara y la coreografía física y emocional del juego actoral enganchan en seguida con el espectador. Además, fieles a la tradición del mimo, Familie Flöz construye de manera sencilla momentos cargados de emoción y profundidad, que descubren la belleza en los gestos más cotidianos. Así, el simple hecho de subirse a una escalera de cocina para cambiar la bombilla que se acaba de fundir, se convierte en un despliegue de lirismo con poquísimos elementos.

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Sin embargo, esa capacidad para hacer de lo básico y cotidiano un lugar de proyección de emociones y belleza, en este espectáculo se ve mermada por una carencia temática de base. La plasticidad de las imágenes y la interpretación están al servicio de una historia carente tanto de fuerza como de pertinencia, que acaba acaparando de manera un tanto monótona todos los aspectos del espectáculo. Si las escenas de matrimonio son, ya de entrada, un terreno bastante trillado (especialmente en lo televisivo), Garage D’Or además recurre en ellas a clichés recurrentes (el marido que olvida el cumpleaños de su mujer; el padre saturado por la actividad doméstica, bebé llorón incluido…) que, más allá del tono humorístico conocido, no aportan mucho más.

Incluso, por momentos, esos tópicos llegan a caer en dudosos esquemas de género, y el espectador siente estar ante la historia de tres hombres condenados a las consecuencias de la libertad de sus mujeres. Maridos con “esposas exigentes”, según reza el programa de mano, maridos con “vidas aparentemente fracasadas”, frustrados y patosos en su espacio familiar (y sentimental), en el que no pueden desplegar sus deseos vitales.

Así, con este obstáculo de base, no del todo solucionado con el avance de la pieza (no hay un desarrollo dramático más allá de la presentación de las vidas de los protagonistas), el espectáculo parece no llegar a cumplir del todo lo que promete: construir un universo particular a partir de situaciones cotidianas.

El trazo de ese dibujante de sueños sigue teniendo una belleza particular, suficiente para conectar con su público con oficio y ternura, pero al dibujo que finalmente muestra le falta un contenido a la altura de su arte.

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