Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Preciosismo efímero

05/04/2014 • 
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Del matrimonio artístico formado por los belgas Jaco Van Dormael y Michèle Anne de Mey se deben esperar creaciones más que interesantes en cada uno de sus terrenos: de él, como el cineasta peculiar que ha demostrado ser; de ella, como uno de los pilares de la danza belga de los últimos treinta años; y más aún de los dos juntos, en este Kiss & cry, una pieza teatral que llega a Madrid después de los múltiples éxitos cosechados en el ámbito internacional.

En el espectáculo, marido y mujer, presentes siempre en escena, van dirigiendo y ejecutando una partitura medida, en la que texto, cine, danza, objetos y experimentos visuales se conjugan en un todo teatral milimetrado y exuberante.

A las posibilidades coreográficas habitualmente exploradas por De Mey –dirigidas en este caso hacia la llamada ‘nanodanza’- se le une aquí el particular lenguaje visual de Van Dormael. Como en la última película del cineasta (Mr. Nobody), el tema del recuerdo y la construcción de la memoria en sus múltiples variantes centra la línea argumental de la pieza. Lo que allí eran variables para una vida entera (según se tomara una decisión u otra), aquí se convierte en una diversidad de narraciones sobre el amor: una sucesión de historias de amor que se lanzan desde el instante inicial (una mujer que espera su tren en la estación) hacia el recuerdo.

Para trazar y diseñar esa memoria plural, Kiss & cry se presenta como un alarde de imaginación y montaje, que consigue, a través de la conjunción de técnicas dispares, una creación artística sobresaliente.

Bajo la pantalla donde el espectador ve el film efímero que se le ofrece, los actores y técnicos actúan sobre la propia escena, atrayendo el ojo del que mira hacia la complejidad que origina esos resultados tan cuidados que acaban proyectándose en el rectángulo cinematográfico.

Los trucos están a la vista, se presenta sin máscaras el juego de la creación, la artesanía tecnológica necesaria para conseguir esa película preciosista e intensa. Si a ello se le añade el ‘en directo’ de todo el proceso, la teatralidad del conjunto fascina de principio a fin.

Las manos de De Mey y compañía toman algunas veces forma y actitud de cuerpos humanos, pero no tienen problema en volver a su propia naturaleza y aprovechar sus posibilidades con un expresionismo medido. Esa ‘marioneta’ manual carece de rostro: por eso, su cuerpo se hace más voluble y orgánico.

En el otro polo, ligando el conjunto, la narración reflexiva acerca del amor puede hacerse un poco pesada y recurrente, en comparación con la belleza y capacidad de sugestión de las múltiples imágenes propuestas. A pesar de ello, gracias a los puntos de humor y ligereza, que logran redondear la pieza sin caer en un sentimentalismo empático, el espectáculo logra dejar un poso evidente en el público, que siente abandonar un taller de orfebrería contemporánea, donde se han conjugado narraciones, imágenes y magias como nunca antes se hubiera visto.

 

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