Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Trilogía de la memoria: Santa Perpetua, Trilogía de la memoria: Los niños perdidos, Trilogía de la memoria: Atra bilis

Nombrar la memoria

31/01/2014 • 
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Que se oigan los nombres, que no se olviden. Que la memoria no se quede en unos hechos generales, más o menos conocidos, o en los fáciles lugares comunes. Que el recuerdo tenga nombres y apellidos, que sepa quién vivió esa historia, quién hizo aquella historia con su vida. Y con su muerte.

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Santa Perpetua.David Ruiz

Ese espíritu parece recorrer este tríptico propuesto por Micomicón en Cuarta Pared en enero de 2014. Un recorrido por más de una década de producción, desde el inicio de siglo (Atra bilis se estrenó en febrero de 2001) hasta la actualidad, unida por el impulso coherente de querer compartir ese recuerdo, para que no quede perdido en los muros de una casa abandonada (Atra bilis), en la mente de un niño ya crecido y solitario (Los niños perdidos), o en el chirriar de una bicicleta que no consigue decir todo lo que sabe (Santa Perpetua).

Con un tono grotesco y voluntariamente desquiciado en ocasiones, los personajes de las tres obras reflejan modos de vida y de habla profundamente arraigados en una España de posguerra que bebe de su pasado y que se proyecta hasta hoy. El humor macabro –más efectivo que el melancólico, cuando aparece- baña las extrañas situaciones que el espectador encuentra. Así ocurre también con el cancionero folclórico, omnipresente, ligando las referencias emocionales del público, con unas voces y una polifonía que van a lo más hondo de lo popular y consiguen remitir a una orfebrería de las relaciones sociales en tantos pueblos (y ciudades) de España.

Precisamente el ritmo musical es el que brilla en los mejores momentos de esta trilogía, el carácter coral explotado al máximo, creando un discurso potente sobre la base de una mecedora en balanceo, de un bastón que bate el suelo, o de la muletillas verbales repetidas de modo cotidiano. Porque todo son espacios íntimos, cotidianos, cargados de las contradicciones que encierra el haber compartido un mismo espacio, un mismo ritmo, durante demasiado tiempo.

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Atra bilis.

¿Cómo haber sobrevivido todo ese tiempo juntos sin hacer un repaso explícito de la memoria compartida? Sin duda, gracias al teatro, al juego de la ficción: en la lela de Atra bilis que sabe muy bien lo que se hace y guarda las verdades más dolorosas; en los múltiples juegos teatrales que entretienen a los niños perdidos (con el memorable colofón de la procesión de Semana Santa en el desván); o en una ‘santa’ (Perpetua) que disfraza con sus fascinantes iluminaciones la realidad de un pasado vivido en primera persona.

Quizás Atra bilis sea la obra mejor trenzada, hilando con bilis negra el rejuvenecimiento del recién difundo con un ejercicio colectivo de recuerdo, de descubrimiento de lo que ha sido la vida familiar durante tantos años. En Los niños perdidos, la narración más directa y explícita juega en contra del objetivo de la obra, insistiendo en una denuncia emocionada que desemboca en moraleja innecesaria. Santa Perpetua realiza la síntesis perfecta entre las anteriores, uniendo el espacio familiar y el social con un tono singular, heredero de los otros espectáculos, tanto en el texto como en la puesta en escena.

“Cuando los enterradores se han ido, sólo queda un charco de sangre, tierra removida, y una galga triste que escarba sin fuerzas y se deja morir entre los matojos de la dehesa”, escuchamos en la última obra. De ahí el esfuerzo porque ese dolor sea transmitido antes de extinguirse. Dejar salir el recuerdo antes de que quedarnos solos con él nos haga volvernos locos, diría el Tuso de Los niños perdidos. Decir bien alto los nombres, recordar los apellidos (Alba y Montenegro se apellidan las hermanas de Atra bilis, con referencias evidentes), reclamar el nombre como alternativa al estiércol en el que algunos quisieron hundir los huesos. Repetir bien fuerte los apellidos de los hombres muertos, cargados en su casticismo con toda una historia compartida que aún necesita ser contada.

 

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