Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Misántropo

Más allá de la adulación

Fotos: Eduardo Moreno|
20/05/2014 • 
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A estas alturas, el grupo Kamikaze ya ha entrado –fiel a su nombre- en ese peligroso terreno en el que la calidad y fama de sus anteriores montajes condiciona a los espectadores de sus nuevos espectáculos. En ese sentido, quien acude a Misántropo lo hace venciendo el rechazo que puede producir el consabido aplauso general al trabajo de esta compañía, un aplauso que predispone a parte del público a querer congraciarse con lo que ve en escena y adherirse a ello desde la primera posibilidad de risa.

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Sin embargo, por fortuna, Miguel del Arco y los suyos logran superar ese elevado listón con soltura, utilizando el mismo impulso que les había garantizado los mejores resultados en el pasado: el buen trabajo de grupo, de compañía.

Cada uno de los elementos puestos en juego en este Misántropo encuentran su sentido y calidad en la interdependencia de unos y otros: una dramaturgia que en otro lugar hubiera costado defender encuentra el tono justo en el elenco; códigos de actuación que podían rechinar en otros contextos parecen aportar el tono justo a esta propuesta escénica; un espacio con pocas posibilidades resulta el lugar idóneo para la obra…

El espectáculo traslada las críticas y desasosiegos de Alcestes a la realidad contemporánea, denunciando una hipocresía social llena de injusticia y falsa honestidad. Los personajes elegidos para ello son de una clase alta, entregada a la fiesta y la adulación continua como vehículo para el éxito personal. Desde la única vía de escape posible –el callejón trasero del lugar de celebración- se oyen los golpes rítmicos de la música del interior: los latidos del corazón de esa sociedad despreciada por el protagonista.

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Por ese rincón marginal, normalmente dedicado a la basura, van desfilando los renovados personajes de Molière, perfectamente ritmados por los actores de Kamikaze. Se manejan los tempos de la amistad (de los múltiples tipos de amistad), se juega con el modo de hablar y convencer, y con lo variables que pueden ser las palabras y sus significados dependiendo del modo en que se lanzan. En algunos casos, ciertos actores abusan de las máscaras de sus personajes, y parecen destensar por momentos el hilo de comedia mantenido con tino a lo largo del espectáculo.

El espacio escénico resulta claramente limitado, con un único punto de fuga, por el que inevitablemente se hacen recurrentes las entradas y salidas (y las dudas a media escalera). A pesar de ello, en escenas como la de la canción de Oronte, brillan las posibilidades encontradas para ese enorme muro sobre el escenario. Así, la dirección acierta al saber combinar con riqueza los distintos diálogos dentro de ese marco, aunque peca en los repetidos apartes o ralentizaciones (reforzados con la luz o el sonido) en los que la mueca grotesca de la sociedad se muestra con un tono moralista innecesario.

Es quizás ahí donde corre sus riesgos este Misántropo; en el hecho de tener decidido desde el inicio qué es lo criticado y quién y cómo lo representa, lo cual puede llevar a una parte del público a pensar que la pieza se alarga más de lo necesario. Con todo, el montaje se mantiene siempre en vuelo, y logra dejar atrás aquello que el propio texto critica: las sospechas de que los vítores a estos kamikazes pudieran ser falsas adulaciones de turno. Lo sean o no, eso no es cuestión de esta compañía, que sigue ejerciendo como tal a un nivel envidiable.

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