Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Yo maté a Pinochet

La historia en una ficción (o cómo un falso magnicidio puede explicar un país)

11/02/2015 • 
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Durante este mes de febrero, el Teatro La Puerta Estrecha nos ofrece la posibilidad de asomarnos a la historia de Chile, cuyo presente (al igual que en España) no puede entenderse sin abordar una dictadura militar causante de crímenes y traumas que condicionaron la evolución posterior del país.

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Para recuperar todo ese pasado, Cristian Flores (autor e intérprete del monólogo Yo maté a Pinochet) se sirve de una maravillosa fábula, según la cual el personaje que nos habla desde la escena mató a Pinochet mucho antes de la fecha en que los medios de comunicación comunicaron el fallecimiento del dictador.

En su carácter popular, en su tono enloquecido por la incomprensión de los demás, el héroe de esta función consigue traer a la tierra y llenar de verdad una historia que a priori podría resultar fantasiosa o artificial. Flores ofrece una dramaturgia plenamente interiorizada en su interpretación y en su cuerpo, que con la velocidad y el vocabulario del monólogo introducen al espectador en el juego paradójico del asesinato de Pinochet y en todos los avatares vitales del protagonista.

Porque es en esos espacios e historias que rodean el propio magnicidio donde encontramos la verdadera historia de Chile: en el modo en que el poder disfrazó la muerte de Pinochet con un doble; en las risas de quien no cree la confesión del asesino; en el modo en que cada cual defiende su resistencia (individual o colectiva) al dictador; y, evidentemente, en la visión que cada personaje parece dar de la historia de Chile.

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Así, con la simple compañía de una bicicleta pinchada, una radio y una caja de herramientas, el monólogo consigue evocar los olores, los sonidos y los sentimientos encontrados de un Chile que nos aparece cercano, conocido, incluso cotidiano. Lo mejor: el magistral relato del asesinato, en los aseos de un bar, con Pinochet meando y haciendo un comentario paternal justo antes de verse abatido. Por citar algo menos bueno: la lucidez del final de la obra, que nos despierta de una ensoñación en la que quizá resulta más fácil reflexionar que en la verdad histórica de los hechos.

 

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