Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de En construcción

Emociones de ida y vuelta

07/07/2014 • 
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En construcción va y viene en una historia entre dos ciudades
–Buenos Aires y Madrid– y entre dos seres humanos: Soledad y Pablo. Ellos representan a muchos otros protagonistas anónimos de la inmigración latinoamericana en nuestro país en las últimas dos décadas, buena parte de ellos sufridores de la situación económica actual.

Va y viene el modo de recomponer esa historia: En construcción se estructura en escenas desligadas que recuperan momentos del pasado, intercalados en el recuerdo, y la decisión presente. Desde un preludio que logra ya enganchar y acoger al espectador, se van mostrando como un puzzle los pasos de una historia de amor y desamor marcada por las distancias y el exceso de confianza.

Va y viene también el modo de contarnos todos esos vaivenes: por un lado, el diálogo entre los dos personajes (perfectamente asumidos en sus matices y rebeldía por Nelson Dante y Carolina Román); por otro, sus monólogos evocadores del pasado personal o familiar. Si los primeros aciertan en su comicidad amarga (aprovechando la sonrisa tierna que genera el acento argentino en el público español), los segundos crean a veces universos paralelos, que alejan al espectador de la trama.

Lo que va y viene con menos facilidad es la relación entre la parte personal y el aspecto social de la historia. Mientras el texto aparece agudo y certero en la comedia y en el diálogo, resulta más tópico y moralista en el modo de aludir a la cuestión migratoria. Esto lleva al espectáculo hacia un melodrama que pone en pocos compromisos al espectador, pudiendo empatizar sin problemas con el conjunto, sin esperar (ni necesitar) sorpresas.

Por suerte, al final, a pesar de dejar a los personajes en un estatus melancólico y victimista (“Ni usted ni yo tenemos la culpa de todo esto”), el público sale con el buen sabor de boca de haber asistido a una historia mínima muy bien contada, cuyos personajes (y actores) se entregan en cuerpo y música (gracias a la dirección de Tristán Ulloa) para transmitir ese pedazo de historia que viene y va.

 

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