Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Un balcón con vistas

Desmontando los ‘peros’

22/04/2014 • 
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Cuatro polos mal emparejados se cruzan en el salón de una casa, con una puerta de entrada y salida a un lado y con un balcón con vistas al otro. Ese balcón simboliza lo difícil que es mirar dentro del hogar cuando el paisaje exterior resulta tan atractivo, cuando analizar lo de fuera nos acaba llevando a olvidar lo que hay dentro. Ese balcón resulta también el escape de cuatro vidas hacia nuevas posibilidades recién descubiertas, donde los ‘peros’ no marchiten las relaciones íntimas.

Un balcón con vistas afronta en clave de humor la complejidad de las rupturas de pareja, con sus contradicciones y sus verdades intrínsecas, con todas esas revelaciones que de repente resultan evidentes, pero que han estado ocultas durante tanto tiempo. Del mismo modo, la obra muestra lo difícil que es, en el fondo, hablar de esa complejidad, tanto en la realidad como en el teatro.

La comedia de enredo es el género elegido en este caso: Un chico entra en una casa para visitar una habitación en alquiler, pero acaba encontrándose en mitad de una farsa imprevista… Él decide entrar en el juego y participar activamente, provocando consecuencias en el resto de personajes… Mentiras, obsesiones y confesiones, que van tejiéndose en un juego de ficciones y suplantaciones que acaba explotando en múltiples direcciones. Como hilo, el juego psicológico de desmontar las palabras del otro engancha desde el inicio al espectador, que permanece atento a cada renuncia, a cada ‘obstrucción’, ‘negación’ o ‘pero’ de los personajes.

Detrás de todo ello está la escritura y la dirección de Laura Molpeceres, cuyos orígenes cinematográficos (como guionista y directora) se hacen patentes en esta función. La atmósfera de ‘sitcom’ impregna la escenografía y buena parte del juego actoral, favoreciendo la comicidad, pero quizá restándole teatralidad al conjunto. La puesta en escena parece en ocasiones despreocuparse del ‘fuera de plano’, de los detalles secundarios que no acaban de acomodarse a las réplicas de los actores en proscenio. Del mismo modo, algunas visitas a lugares comunes de la comedia televisiva merman la capacidad de sorpresa de la trama.

Sin embargo, el espectáculo va ganando claramente fuerza en su desarrollo. A la difícil tensión inicial mantenida con entereza por Maggie Civantos y Rubén Martínez, con un espectador aún perdido en la trama, ayuda el contrapunto de David Tortosa –que añade riqueza a un personaje al borde del estereotipo– y la energía de Cristina Soria, que entra a mitad de función para redondear la paleta de colores y polos desorientados que termina observando el futuro desde ese balcón con vistas.

 

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