Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de El Buscón

Barroco y actual: un Buscón tremendamente teatral

19/02/2014 • 
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Pasan los siglos y sigue maravillando la vigencia teatral que conserva la lengua barroca. Por supuesto, el tono popular y el contenido picaresco de El Buscón tienen ya buena parte de culpa, con esa mezcla de coloquialidad y empatía que generan las desgracias de don Pablos. Pero si a eso le añadimos el entramado de capas y subtextos que se cuelan en sus frases y sentidos, la teatralidad se hace patente.

A pesar de ello, no parece tarea fácil saber aprovechar todo ese teatro en potencia y construir a partir de una novela como la de Quevedo una puesta en escena coherente. Ése es el mérito de Daniel Pérez y Jacobo Dicenta: poner en pie un texto de hace casi cuatrocientos años, descubrir su vigencia, y explotarla sin estridencias. Y hacerlo, además, sin que todo ese gesto quede exagerado, sin que rechinen intentos de actualización o concesiones a la galería.

El tamaño de la boca del escenario del Infanta Isabel parece adecuarse perfectamente a las características de la propuesta (acierto de ésta, claro). La simplicidad de los elementos –dos sillas, acompañada una por el laúd que espera su turno, y la otra por una capa y otros objetos usados puntualmente- deja a la palabra del actor como protagonista. Jacobo Dicenta sale más que airoso de esa responsabilidad, llevándose consigo al espectador allí donde su voz y su cuerpo narran, a un tiempo y a un espacio que se hacen inmediatos, palpables.

Ayudan los recursos de iluminación, las posibilidades del espacio y los cambios y transiciones propuestos desde dirección (que disminuyen y se echan de menos a partir de la mitad de la obra). Ayuda también un precioso juego a tres bandas entre Dicenta, el público y Dulcinea Juárez, la guitarrista y cantante siempre presente en escena, que aporta el contrapunto justo a la interpretación, y acompaña al espectador en su camino tras don Pablos por las diferentes etapas de su vida.

Y ayuda, desde luego, una inteligente adaptación, que sitúa en el comienzo de la obra quizás el momento más teatral de la novela, aquel en el que El Buscón cuenta su manera de actuar como mendigo ante los distintos públicos que pasaban por delante de su maltrecha figura suplicante. Irrumpe la teatralidad del narrarse, de mostrar los propios trucos tramposos, y de contar a este auditorio de 2014 cómo era aquel otro que cruzaba y se enternecía tantos siglos atrás. Así, ya desde el inicio, brotan los reflejos, las identificaciones…

El ritmo se mantiene ágil durante prácticamente todo el espectáculo. La conexión de Dicenta con el público a través del discurso y de su propia vivencia de esas palabras recuerda a la efectividad de los monólogos cómicos contemporáneos. El actor consigue que surtan efecto todos los juegos expresivos que Quevedo ofrece, los dobles sentidos, las descripciones crudas, las despiadadas ironías… Logra llegar a la picardía tanto desde lo empático como desde lo grotesco, incluyendo un abanico lúdico de voces y movimientos que engancha al que lo observa.

Tan bien funciona, tan vigente resulta el relato teatral que hace don Pablos de aquella época (y aquella sociedad) tan española y tan presente, que el final parece llegar demasiado pronto, incluso de forma abrupta, poco preparada. El espectador quiere más, se queda con las ganas de seguir descubriendo las andanzas del pícaro hasta más allá de su mendicidad (con que se cierra el círculo de la adaptación de Pérez) y embarcarse con él, si hace falta, hacia las Indias.

 

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